Era una niña pequeña, no sabía lo que quería y menos como conseguirlo. A sus veinticinco años eso era más que reprochable.
Gissell se había paseado por varios centros de estudio sin definir nada: un día estudiaba ingeniería; otro, psicología; otro, mercadeo y otro, literatura. Todo se le daba bien pero nada la satisfacía. Hacía lo que le decían que era bueno, lo que valía la pena. Sin duda ella aún no tenía ideas de qué soñar. Tenía que ganar dinero pero nada de lo que hacía le gustaba, excepto escribir.
Aún así, no tenía dedicación ni apego a nada ni nadie. No se sentía bien con la mochila de fracasos que llevaba a espaldas. Una y otra vez tomaba clases y cursos para sentirse útil, para mejorar esto y aquello. En todo era buena, sólo que nada era de su interés. “El dinero no crece en árboles”, le decían.
Ella sabía todo esto, pero no podía dejar sus costumbres atrás: su mente voluptuosa dedicada sólo a complacer caprichos temporales, su desdén por la vida y las personas, hasta su falta de amor propio estaba pasándole la cuenta.
Por eso no le costó idear el plan, no era un problema conseguir la medicación para dormir. La gente a su lado no podría adivinar. Tampoco se asombrarían al conocer la noticia de la chica que, antes de caer en sopor obligatorio, se tiraría al fondo del mar.





